Municipalidad de Coronel Suarez

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sábado, 1 de junio de 2013

Las sillas vacías (epílogo)

Un día llegó una nueva carta de mi familia, acompañada por la acostumbrada foto de grupo. Reflejaba los cambios habidos desde la última vez: una mamá, un papá, una hermanita, un hermanito y dos sillas. Rápidamente me dispuse a leer la carta donde, a buen seguro, se explicaría aquel cambio que la foto mostraba sin reparos. No tardé en confirmar mis sospechas. Uno de mis hermanitos había alcanzado la edad y había dejado el hogar para buscar un futuro…


Se me encogió el estómago al pensar las pruebas a que se enfrentaría mi hermanito para alcanzar su futuro. Papá puso su silla junto a la mía, todo un detalle, nunca lucharéis solos, escribió en su nombre Clarita, la única persona de mi pueblo que sabía escribir y que solía hacerlo para mi papá. Y yo puse la foto en el tablón de los recuerdos, junto a las demás…

En cierta ocasión, alguien reparó en que mis fotos eran las únicas que tenían retratadas además de personas, sillas. Cuando me preguntó por qué, otra pregunta bastó para que lo entendiera: ¿Tu familia no espera que vuelvas?. Después de pensárselo por un momento, me contestó con cierto autorreproche que sí, que claro que sí, que cómo no le iban a esperar...

Todas nuestras familias esperaban que, de uno u otro modo, volviéramos y todos nosotros esperábamos volver, del primer modo que fuera posible; pero ninguna familia ni ninguno de nosotros sabíamos cuándo tendría lugar tal vuelta. Lo único cierto y verdadero es que el tiempo pasaba, corría, volaba y nos superaba, dejándonos atrás con diferencia; y también con un poco de indiferencia, porque al tiempo siempre le daba igual si nos iba bien o mal, nos pasaba por encima y nos arrancaba de cuajo los años y la juventud…

Aquel sentimiento adquirió pleno sentido cuando recibí otra de aquellas fotografías de la  familia; en ella mamá, papá y cuatro sillas formaban el conjunto. Mis hermanitos y mi hermanita, como me ocurrió a mí en su día, habían alcanzado la edad a la que empieza el futuro. Decidí entonces encaminar todos mis esfuerzos a preparar un viaje que, con suerte, me permitiría demostrar a mis papás que no hay nada más resistente al tiempo y al olvido que el amor de un hijo…


Aunque aún pasó largo tiempo hasta que lo logré, por fin llegó el día. Había conseguido permiso de mis patrones, había reunido la enorme  plata que costaba el billete más barato. Compré regalos para la mamá, para el papá, y también para la hermanita y para los hermanitos. Con maña me las arreglé para que aquello no supusiera un problema de equipaje. Tenía todo listo y me disponía a salir de la casa con la maleta, no sin cierta turbación de espíritu…

Al salir, en acto reflejo, se me ocurrió comprobar la correspondencia: había una carta. Era de mi familia. Venía acompañada de la consabida estampa de grupo. Seis sillas formaban el extraño conjunto. La maleta pesaba más que nunca y se me escapó de entre los dedos, yendo a dar contra el suelo con un fuerte estruendo, se abrió y los regalos se esparcieron por el suelo, como si ellos sí supieran que no iban a ir a ninguna parte…

Me senté en el rellano con los pies colgando por las escaleras y los ojos colgando de aquellas sillas vacías de la foto. Me hubiera gustado llorar, pero nada conseguiría con ello; me hubiera gustado llamar a voces a la mamá y volver a verla, pero tampoco eso me hubiese ayudado a comprender por qué ese tiempo que dediqué a buscar mi futuro, acabó con mi pasado, acabó con mi familia y acabó conmigo.  Pero al cabo de un rato, una extraña y casi molesta sensación de serenidad se apoderó de mí, en aquel momento supe que estaba preparado, por fin, para afrontar con solvencia cualquier situación, por difícil que fuera su naturaleza...

Desde entonces he superado pruebas que, aunque difíciles, nunca resultaron imposibles para quien está preparado, tal y como acostumbraba a decir mi mamá. Estas son, querido hijo mío, algunas de las experiencias que tu anciano padre puede contarte, para que encuentres tu futuro lo antes posible. Por cierto, te envío la última fotografía que hemos tomado de la familia. La silla de la derecha es la tuya. Esperamos que vuelvas pronto.
Relatado por Víctor Saenz
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