Municipalidad de Coronel Suarez

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Cooperativa Electrica

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jueves, 13 de diciembre de 2012

Por la dignidad...




Trabajar transforma, educa, independiza y nos hace progresar. Sin embargo, no es tarea sencilla ingresar en el mundo laboral actual, sobre todo para aquellos jóvenes que provienen de ámbitos comprometidos socioeconómicamente. Aquí, el ejemplo de una fundación que ayuda a adolescentes a conseguir su primer empleo, pero con una condición: no abandonar el secundario.

Construir puentes. De un lado, la escue­la secundaria pública. Del otro lado, el universo laboral. Y en el medio… en el medio, la cultura del trabajo digno. Escribirlo es sencillo. Llevarlo a la práctica, un sinfín de veces, una misión imposible. Aquí y allá. “Aquí” y “allá” no es arbitrario. A lo largo y a lo ancho del planeta, la situación que hasta da la sensación de ser una mesa de más de cuatro patas. 


Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), muchos jóvenes, debido al gra­do de precariedad que atraviesan en sus hogares, abandonan el colegio, entre los 15 y 17 años, para inaugurar su ciclo de trabajo (lo que se traduce en decirles adiós a la secundaria y los estudios su­periores). La pobreza, con sus amena­zas a cuestas, los empuja a emplearse, cuando consiguen hacerlo, en circuns­tancias riesgosas. 

Y se forma un circulo vicioso del que es difícil escapar, ya que, con el tiempo, tienen menos posi­bilidades de encontrar puestos decorosos. Según la OIT, los jóvenes, incluso aque­llos englobados dentro de las economías más dinámicas, no entienden con clari­dad lo que simboliza el trabajo decente, y menos aún sus implicancias. Ellos ya no cuentan con la estabilidad que osten­taban sus padres. El fenómeno de la desregulación y la flexibilidad promovió la informalidad laboral, con lo que eso conlleva: incumplimiento de normas, de obligaciones y de protección para el de­recho laboral y social.

No todas son palabras. Hay números. Por ejemplo, solo en América latina hay más de siete millones de jóvenes desemplea­dos. En la Argentina, ocurre lo mismo con el 25% de la población joven activa. Lo único esperanzador es que algunos no se quedan de brazos cruzados y ponen manos la obras para combatir la problemática. Por caso, la Fundación Forge, una institución sin fines de lucro, tiene como meta facilitar una inserción laboral de calidad a jóvenes de familias de bajos recursos económicos, sobre la base de un sistema innovador de formación y empleo. De origen suizo, Forge comenzó a operar en la Argentina en 2006, amén de sus centros en Uruguay y Perú.

“La Fundación nace de la vocación de un grupo de empresarios argentinos por colaborar en un tema que condiciona la calidad de vida de las actuales y futuras generaciones. Los crecientes requerimientos del mercado laboral y una articulación cada vez más deficiente entre la educación secundaria y el mundo del trabajo son algunas de las razones que, desde hace varias décadas, agudizan este cuadro. Todo se agrava en aquellos que no poseen, en su ambiente familiar y social, modelos de trabajo formal que permi­tan un respetable desarrollo personal y profesional. Legalmente, Forge se constituyó en Suiza porque es el país donde operan los ma­yores controles y requisitos para este tipo de organizaciones; así transmitimos transpa­rencia y credibilidad a nuestros beneficia­rios. La opción de un país europeo también nos dio un criterio de neutralidad para el al­cance latinoamericano planeado”, comenta Hugo Masci, vicepresidente de la entidad. “Nuestro programa, dirigido a quienes es­tán cursando los últimos años del nivel se­cundario, complementa la educación formal y estimula la terminalidad escolar. O sea, para egresar de Forge hay que completar los estudios secundarios. La fase central del programa se extiende a lo largo de dos años. El primer año es de formación y el segun­do, de inserción labo­ral y tutoría”. 

¿Pero qué paráme­tros se utilizan para seleccionar a quie­nes concurrirán a la fundación? El pro­cedimiento se inicia con una fuerte difu­sión en las escuelas, que no son escogidas azarosamente, sino que se trata de institu­ciones que albergan familias de escaso ni­vel socioeconómico. Ciertos porcentajes pueden explicarlo detalladamente: el 45% de los elegidos tienen déficit de salud (no cuentan con ninguna cobertura médica privada, por obra social o mutual), el 63% tiene ingresos que solo satisfacen las nece­sidades básicas (el 4% ni siquiera alcanza a cubrirlas) y el 54% de sus jefes/as de hogar no han terminado el secundario (el 15% no ha completado la primaria). 

“Una vez informados sobre nuestro progra­ma, que es absolutamente gratuito, los alum­nos que quieren cursar asisten a nuestras sedes y allí pasan por el proceso de admisión, que evalúa motivación y necesidad económi­ca. Los jóvenes pueden optar entre distintas especialidades altamente demandadas por el mercado actual –agrega Masci–. Para el primer año, tenemos ‘Orientaciones técnicas’ –Atención al cliente y ventas, Logística y producción, Gastronomía y hotelería, Admi­nistración e Informática– y lo que denomina­mos ‘Formación humanística’, que se divide en desarrollo personal –autoconocimiento, autoestima, expresión oral y escrita, conviven­cia ciudadana y ética– y profesional –comunicación, actitud y presencia, negociación y resolución de conflictos, trabajo en equipo, manejo de PC, gestión de proyectos solidarios y administración del tiempo y del dinero–. Ya en el segundo año, son conectados a una red de empresas –alrededor de doscientas– para que puedan insertarse en ellas. Y a través de tutorías, los aconsejamos para que sostengan el empleo con los años. Finalizado nuestro ci­clo, continuamos un vínculo con los jóvenes a través del club de egresados. Y ofrecemos be­cas para estudios superiores, cursos, bolsas de trabajo y otros beneficios que solidifican su crecimiento profesional”. 


¡Prohibido hacerse la rata! 

Para él, no fue un día más en la escuela. Cuando José Ledesma escuchó con inte­rés, sentadito en su pupitre, la charla “El primer trabajo”…, quedó maravillado. Es que allí vislumbró la puerta de salida para dejar atrás la calle, los cartones y tantas otras coyunturas de las más angustiantes. Era la chance de acercarse a un empleo honorable. Así fue como en octubre de 2010, mientras cursaba el último año del secundario, entró en la Fundación Forge. 

“A mí esta experiencia me sirvió muchísimo. Porque no solo aprendés, sino que te hacés de nuevos amigos y conocés diferentes estilos de vida. Me parece muy piola que se piense en chicos de la calle y les despierten las ganas de salir adelante. O nos ejerciten para concientizarnos sobre cómo debemos desenvolvernos en el ámbito laboral. La capacitación que me dieron fue fundamental. A mí me atrapó lo relacionado con la logística, el concepto de cliente y lo que una compañía necesita para funcionar”, desliza José (20), que se enor­gullece de haber faltado “solo a dos o tres clases”. “Mi primer empleo fue en una hela­dería y después pasé por una fábrica. Ahora estoy efectivo en una empresa multinacional. Estoy en el sector donde se empaca el produc­to y se prepara para la venta”. 

A lo largo de seis años de esfuerzos, las es­tadísticas le dan la derecha a Forge. El 72% del alumnado obtuvo trabajo en blanco al terminar el primer año y el 87% lo mantiene al año de haber ingresado. Un informe elaborado por una agencia externa, arrojó que el 91% de los jóvenes expresan satisfacción con el empleo ob­tenido y califican positivamente a su em­pleador, el 75% contribuyó a la mejora económica del hogar, y el 58% de los gra­duados combina estudio y trabajo. 

“Ya ayudamos a más de 4000 jóvenes, de los cuales 2800 son argentinos. Tenemos una red de más de noventa escuelas y nuestros egresados trabajan en más de doscientas em­presas de primera línea de la Argentina y de Uruguay. Asimismo, contamos con una red externa de organizaciones especializadas, para socorrer a los alumnos en problemas propios del segmento etario y social al que pertenecen”, acota Masci. En Forge no se cansan de remarcar lo im­perioso que es concluir el colegio. Para profundizar este compromiso, crearon una red de voluntariado que brinda apoyo es­colar. Masci es contundente: “Los profeso­res, y luego nuestros directores, hacen un seguimiento del avance de los alumnos en sus estudios formales. Ellos solo reciben el servicio del Departamento de Inserción Laboral cuando presentan el título secundario. Si no, no acceden a los trabajos”. 

Las complicaciones y los traspiés a la hora de que los jóvenes se sumerjan en el “mar laboral”, no es una cuestión que solo preocupe a Forge. La temática se abordó en uno de los más recientes documentos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), llamado “Desconectados. Habili­dades, educación y empleo en América de la primera infancia–, las capacidades decarácter socioemocional responden en mayor medida a los estímulos del contexto. Su perío­do de formación llega hasta la juventud (cerca de los 20 años). Que un grupo de ha­bilidades relevantes para el universo del tra­bajo actual pueda adquirirse, moldearse y/o consolidarse durante la educación media es un hallazgo de primera importancia. Por eso, la secundaria puede verse como una segunda oportunidad para fomentar competencias adicionales que tendrán un impacto en la vi­da de estos jóvenes, en especial entre los que provienen de familias más vulnerables”. 

Masci opina sobre las líneas esgrimidas por el BID y concluye: “Por el diseño de nuestro programa, en el cual el 60% del tiempo de formación en el primer año y todo el segundo trabaja sobre las capacidades socioemocionales de los alumnos, demostramos que estamos concentrados en forjar las competencias que son necesarias para el desarrollo laboral de los jóvenes. El acompañamiento de los adultos en su integración al trabajo es vital, tanto para asesorarlos como para comprenderlos, porque ellos vivirán un mundo que aún no termina­mos de visualizar en términos de tecnologías, procesos y estilos de trabajo”. 

“Una experiencia maravillosa” 

Vanesa Ojeda llegó a la fundación con 18 años e inmediatamente logró posicionarse en una empresa. “En una charla en el colegio, me resultó muy interesante el curso de auxiliar en Logística”, cuenta quien hoy tiene 22 y está cursando la licenciatura en Psicología Social. 

“Mi experiencia fue maravillosa, hacía varias tareas, con profesores que nos orientaban a través de juegos, actividades grupales, y exámenes orales en los que explicábamos lo interpretado en clase. Teníamos prácticas en donde dramatizábamos cómo sería enfrentar una entrevista laboral, cómo comportarse frente a un jefe o cómo actuar ante un imprevisto. Por la mañana asistía, dos veces por semana, a la fundación y de ahí me iba a la escuela. Era un esfuerzo, pero valía la pena. Allí no solo conocí excelentes maestros y compañeros, si no que aprendí a mejorar virtudes y defectos propios. Estoy agradecida de todo corazón”. 

Fundación Forge
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