Municipalidad de Coronel Suarez

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Cooperativa Electrica

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martes, 14 de agosto de 2012

Sucedió en una tarde de “perros”... Recordando con rabia...



Pasaba por el medio de los galpones de la estación de ferrocarril de Suárez rumbo a la Av. San Martín. Era un día desapacible, con viento y mucho frío. De verdad era una tarde de “perros”.

Entonces tropecé con él, ignoraba si era belicoso y agresivo; pero si puedo dar fe de su escandalosa suciedad. Era un perro flaco lanudo, cubierto de polvo y con un pegote de barro en cada pelo, se acercó a mí este repugnante animal moviendo el rabo y mirándome con ojos humildes


Yo di un salto atrás, porque la experiencia me ha enseñado que se puede mover el rabo humildemente y ser en el fondo malísimo sujeto. Pronto me convencí de que no había nada que temer. Aquel pobre perro había venido tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los últimos rescoldos de carácter agrio, si alguna vez lo había tenido, se habían apagado por completo.

Hice sonar con los dedos una leve castañeta, correspondiendo al meneo vertiginoso de su rabo,  y me dispuse a proseguir mi camino. Pero él agradeció aquel frío traqueteo de los dedos como nadie me agradeció en mi vida el saludo más cordial y cariñoso. Comenzó a brincar delante mí, y a retorcerse y a lanzar leves, suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto gozo como gratitud.

No se agradecen así los saludos en este mundo –me dijo nuevamente la experiencia- si no se teme o espera algo. Este perro no tiene amo, o ha sido arrojado por él de su casa. ¡Pobre animal! Me interesó su desgracia, y de nuevo hice sonar la castañeta con alguna mayor efusión, y él de nuevo renovó las señales de gratitud hasta querer descoyuntarse.

Inmediatamente tomó la resolución de seguirme hasta el fin del mundo.


Yo le veía detrás varias veces, dándome escolta; otras, delante, sirviéndome de heraldo. Por momentos se detenía, levantaba hacía mí su hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisión, cual si me quisiera decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y señor. La desgracia de aquel animal me conmovió. Era tan feo, que no había motivos para admirarse de que su dueño lo hubiese abandonado.

Me representaba a aquel animal, arrojado ignominiosamente de su casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la puerta; le veía marchar errante y hambriento por aquellas calles suarenses, introducirse en algún lugar en busca de unos desperdicios, salir de ese lugar molido a palos, seguir a los transeúntes hasta que éstos lo despedían a puntapiés o pedradas.

La angustia se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a mirarme le hacía una señal de afectuosa consideración. Entonces se acercaba a mí rebosando de agradecimiento y yo, sin temor de mancharme las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la cabeza. Pero a medida que transcurría el tiempo, se apoderaba de mí un vago malestar. ¿Qué iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le puede dar una limosna, ni recomendarle a algún concejal amigo para que lo coloque en un “plan trabajar”. 

Necesitaba llevármelo a casa. Esto es grave. ¿Qué diría sobre todo mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso? ¿Qué dirían los vecinos? ¿Qué gruñiría mi hermoso can ovejero? ¡Vaya unas protestas, vaya un barullo, vaya una risa que se armaría en mi casa! Se me puso la carne de gallina.

Comprendí inmediatamente todo lo falso de mi situación. Entonces hice con el perro lo que conmigo hacen los compañeros cuando mi presencia les aburre; me hice el distraído. Cuando me miraba con sus ojos afectuosos, volvía la cara hacía otro lado; si se acercaba a mí, fruncía el entrecejo como si no lo viese, y seguía mi camino. En fin, adopté un continente tan glacial como significativo. Pero él no vio la significación, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persistía en sus muestras de adhesión incondicional, teniéndose siempre por mi protegido.

Una de las veces que mi mirada se cruzó con la suya, vi en sus ojos, una expresión de sorpresa y de súplica tal, que el corazón se me apretujó. Sin embargo, lo que pedía era imposible.

Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de mi lado violentamente, cuando observo que venía el micro que iba rumbo a las colonias. Entonces, cautelosamente, hago señas; para y subo.

Desde el colectivo veo al perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperación y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra, resignado, como los seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se puede esperar de la existencia.

Jamás pude olvidarlo. Y al acordarme de él, lo hago con rabia  por mi cruel egoísmo, y me lo veo aparecer con su hocico peludo y su aspecto dolorido, mirándome con sus ojos sumisos.
Por las jugarretas que tiene el destino, un tiempo después de este suceso mí perro ovejero apareció muerto, pisado o envenenado. Y desde allí, hará unos 20 años nunca más tuve un animal en la casa. No podía o no podría tener uno; o sí... 
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