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domingo, 25 de marzo de 2012

Una historia del Volga… La cara repetida

Si hubiese que elegir un sitio de la casa en el cual se trasmitió siempre la cultura de los Alemanes del Volga, yo escogería sin dudar a la mesa familiar, junto a la cocina de leña.-

En ese preciso lugar mi abuela, sobre el mantel de hule (de olor imborrable) con las manos llenas de harina, dedicaba el día a empujar una y otra vez la masa, para hacer nacer la torta de los 80 golpes, fideos caseros y arrollados, o a preparar la sopa de gallina (¡hecha con una gallina de verdad...!), y otras comidas extrañas para los nietos de la ciudad que la iban a visitar.-

Durante el almuerzo, el lugar se poblaba de fuentes, vasos y cubiertos muy antiguos, algunos traídos desde Rusia.-

En las noches de invierno, luego de la cena y del juego de naipes, la mesa volvía a ser trasmisora de la cultura volguense: ayudándose con el bastón y arrastrando los pies, la abuela traía desde su dormitorio la bolsa que contenía su tesoro de estampas recordatorias y fotos antiguas, que desplegaba (¡por supuesto!) sobre el mantel de hule.-

Ya anciana, doña Elisa seguía cumpliendo con el mandato volguense: sembrar. Pero en vez de sembrar en el campo, se dedicaba a esparcir sobre sus descendientes la semilla de la genealogía, que me germinaría muchos años después.-

Regresando una vez más desde la oscuridad del olvido, los ojos de los antepasados volvían a mirarnos a través de esa ventana de papel, mientras la abuela los recordaba en voz alta, desgranando recuerdos.-

Una noche, el dedo arrugado se apoyó sobre una foto en particular: la de un jovencito con botas largas y un tapado oscuro que le llegaba hasta las rodillas.-

El comentario no se hizo esperar: “Este era Santiago (Jakob) Bär, primer esposo de mi abuela. Era mercachifle: iba por las aldeas de Rusia con un carrito, vendiendo utensilios y cosas de uso común en la casa. Un día de invierno le advirtieron que no saliese porque se acercaba una gran tormenta de nieve, pero él no hizo caso”.-

Ese fue su último error.-

Santiago nunca regresó vivo a la aldea de Kamenka. Durante la tormenta, su caballo se rompió una pata y ya no pudo avanzar más. Lo encontraron recién en la primavera siguiente, cuando se derritió la capa de nieve: Se había acurrucado junto al cuerpo del animal, para darse calor. En esa posición los encontró a ambos la muerte.-

No solamente el relato sorprendió a toda la familia, sino el rostro del protagonista de esa historia. Por esos extraños caprichos que tiene la genética, varias generaciones después, la cara de Santiago se había repetido en otra persona. Se había repetido en mí.-


Gerardo Waimann – Buenos Aires

Homenaje a la abuela Elisa, que estará participando de la Pascua en el Cielo.-

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