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miércoles, 25 de enero de 2012

Memorias de Emilie Pelzl de Schindler… La otra cara de la lista de Schindler... Una historia de película




Falleció en los primeros días del mes de octubre del año 2001 a la edad de 94 años. Emilie Pelzl viuda de Schindler en Alemania, donde fue trasladada, para una mejor atención, por grupos humanitarios judíos.
Vivía en Argentina desde el año 1949 en una casa de San Vicente rodeada de gatos y con un perro ovejero alemán.

Emilie pasó su infancia en los bosques de Moravia. Educada en las austeras costumbres de una típica familia católica alemana, se casó a los 20 años con Oskar Schindler, con quien viviría un matrimonio poco feliz y una vida signada por los horrores de la guerra. El destino la puso ante una elección: ser cómplice del exterminio o arriesgar su vida para salvar la vida de muchos judíos. Sin más ideología que su corazón Emilie actuó...



“Lo vi por primera vez una tarde de sol. Yo estaba en la casa de mi abuela, justo frente a la nuestra, del otro lado del jardín. El perro no paraba de ladrar y corrí con la frescura de mis veinte años, ansiosa de ver quien estaba llamando a la puerta. Un joven alto y rubio se acercó sonriendo junto a un señor mayor. Venían a vender motores agrícolas: Oskar y su padre, Hans Schindler, no paraban de hablar de las bondades de la energía eléctrica y los adelantos técnicos para el campo. Era su negocio, se dedicaban a la venta de motores desde que había llegado la luz eléctrica a la zona de Alt Monstein y el resto de los pueblos de Moravia, después de la Primera Guerra Mundial.

Mis padres no estaban y yo no supe que contestarles. Quedaron entonces en volver cuando estuvieran. Así lo hicieron, mi padre compró los motores, y Oskar y yo nos conocimos. Yo nunca había tenido novio, en esa época se estilaba tener amigos, camaradas, compañeros, pero no tuve novios. Oskar me clavó sus ojos azules y a la semana volvió con su madre, Fanny, otro día con su hermana; de algún modo, comenzó a cortejarme. A los seis meses, el 6 de marzo de 1928, nos casamos en Zwittau, su pueblo, donde fuimos a vivir, en casa de sus padres.

Aún recuerdo el ramo de flores naturales y el vestido blanco corto, que compré en Brno. Yo estaba feliz, quizás inconscientemente feliz. Sólo había salido de casa para estudiar y no había fantaseado con casarme. Vivía en una enorme casona junto a mis abuelos, mi hermano Ian, cinco años mayor que yo, y mis padres. No me faltaba nada, era independiente y disfrutaba profundamente la vida de la granja, los animales, el bosque, la naturaleza. Pero acepté y me casé y de pronto mi vida cambió.

Quedaron atrás mis años de infancia y la educación que recibí de mis padres, como una época dorada a la que jamás pude regresar, un tiempo que dejó grabado para siempre mi corazón, un alimento que me sirvió después en los momentos de mayor hambruna y desesperación para intentar salvar mi vida y la de los demás del horror y la muerte que vivimos en la guerra.

(Continuará)
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