Municipalidad de Coronel Suarez

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viernes, 27 de enero de 2012

2ª Parte de las Memorias de Emilie Pelzl de Schindler... La otra cara de la lista de Schindler...

“Quién salva una vida ha salvado al mundo”(Talmud)


Aprendí desde chica a jugar con la vida, con los animales que correteaban por la granja de mis padres: chivitos, conejos, gatos, perros; tuve de todo. Jamás jugué con muñecas, no me gustaban las cosas muertas.

Tenía 7 años cuando empezó la Primera Guerra Mundial; mi papá partió al frente y yo me quedé con mi abuela, mi hermano y mi mamá. Lo veía cuando venía, los días de licencia, pero estaba cada vez más enfermo y finalmente volvió con malaria. Me acostumbré a verlo débil, pálido y sin poder trabajar.

Yo tenía 8 años cuando empecé a cuidar las aves, sabía donde ponían los huevos las gallinas, las seguía y los recogía de todos los escondites. También pasaba largas horas en el bosque; conocía cada planta, cada animalito y sabía que hora era de acuerdo a como entraba la luz por entre las hojas.


Me levantaba bien temprano para ir al colegio y después, a la vuelta, me dedicaba al campo. Por eso cuando fui mayor decidí estudiar agricultura. Aprendí a hacer pan, yogur, queso; hacía de todo. Mis padres tenían dinero y personal de servicio, pero mi madre me enseñaba a abastecerme sola: “Ellos no están para servirte a vos”, me decían, y fui independiente, autónoma.

Recuerdo el gran techo a dos aguas de piedra por donde resbalaba la nieve en invierno, el horno de pan, donde amasaba panes de hasta doce kilos, y mis carritos. Mi papá me regalaba dos chivitos por año. Y yo los hacía guiar un carrito. Me gustaba, también, observar los animales salvajes del bosque: zorros, liebres. Los esperaba largo rato hasta que aparecían, o juntaba guindas y hongos los días de lluvia. Conocía a la perfección que hongos podía recoger y cuales no, por el color.

Distinguía por el canto a los pájaros del bosque, y cortaba ramas de abedul para celebrar ritos germánicos los primeros días de mayo. Las guardábamos dentro de la casa para ahuyentar a las brujas y prendíamos fogatas y bailábamos cada vez que venía o se iba el sol.

Continuará)
Foto 1:
Emilie Pelzl de Schindler. Ponía cara feliz cuando recordaba su infancia y juventud. Tenía una receta para no pensar: trabajar mucho.
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