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lunes, 14 de noviembre de 2011

Editorial... El ser de la esperanza



Vivir es estar esperando algo, porque la vida es siempre posibilidad de un encuentro o de un acontecimiento. La actitud esperanzada es una postura que define al hombre: el ser de la esperanza. Cuando un hombre pierde la esperanza de alcanzar lo que desea, inmediatamente comienza a desear otra cosa. El ser humano es un ser esperanzado: que la salud mejore, que la operación salga bien, que la situación económica prospere, etc. etc. El hombre espera hasta el último instante de su vida. Aún en el lecho de muerte sigue esperando la salud, el bienestar, la paz, o la compañía de un ser querido. Y espera incluso allí donde las apariencias o ciertos razonamientos le demuestran que la esperanza es vana e ilusoria. Vivir es esperar porque no podríamos seguir viviendo sin creer en el mañana, sin mantener la confianza, sostener la ilusión y anticiparnos gozosamente al futuro soñado.

Hacer posible lo que se espera...

Esperar es también una actividad, porque a hacer realidad lo que esperamos dirige nuestro accionar. Esperando, el hombre se desvive por hacer posible el objeto de su deseo. Porque el que espera algo no puede permanecer en actitud pasiva simplemente aguardando que quizás sobrevenga lo que desea, sin proponerse intervenir en el fluir de los acontecimientos. Pero no es lo mismo esperar una respuesta, un llamado telefónico, la conversación de un ser querido, o un mundo mejor para nuestros hijos. Ni es lo mismo esperar apostando a la fuerza incontenible del amor, que ser iluso y albergar vanas esperanzas. Nuestra actitud ante lo que deseamos que acontezca no puede ser la de aquellos que dicen: -Algo tiene que pasar porque las cosas no pueden seguir como están, pero yo no voy a intervenir porque lo que yo haga nada va a cambiar-. Es una equivocación pensar que debemos “esperar sentados” a ver que pasa, en actitud inerte y sumisa. Cuando lo que esperamos tiene su fundamento en los verdaderos valores de la vida, ella se hace de verdad esperanza y se convierte en un hacer promisorio que vislumbra una meta al final del camino.

“El que espera, desespera”

dice el refrán, porque es verdad que en muchos casos hay que armarse de paciencia y dejar que el tiempo transcurra. Pero más aún “dejar de esperar es desesperar”, porque esto significa perderse en un accionar que se torna vano y estéril. Pero el hombre puede sostenerse en la espera y saborear anticipadamente su don, lo cual sucede cuando la ilusión de creer surge de la inmensidad de su corazón, que en cada latido expresa fe y esperanza.

 
“Cuando un hombre sabe adonde va, el mundo se aparta para dejarlo pasar”...

 Muchas personas tienen la convicción de que una de las principales causas del fracaso, la desdicha y la tensión nerviosa, es la incapacidad de tomar una decisión concreta. La capacidad para tomar decisiones nos infunde confianza, libera energías y hace que los demás nos respeten. No es indispensable que todas nuestras decisiones sean acertadas; hasta los más inteligentes cometerán errores. Pero quien desea tener éxito debe estar dispuesto a tomar decisiones, a arriesgarse y seguir adelante.










Así debe ser con la honradez...

Una persona debe decidir de una vez por todas si verdaderamente va a ser honrada. A partir de ese momento la tentación de no serlo o de mentir ya no le afecta. Muchos asuntos pueden resolverse por medio de una decisión única. Quien desea tener éxito debe aprender a creer, porque el aprendizaje es indispensable. También tuvimos que aprender a andar; al principio nos caímos muchas veces, pero podemos andar hoy porque continuamos ensayando después de cada caída.

Hay algunos medios simples...

que pueden guiarnos para adquirir el tremendo poder de la esperanza. No es fácil aprender a creer en el mañana, más si uno está enfermo, más a medida que pasa el tiempo, advertimos como la magia de la fe obras maravillosas transformaciones en nuestra vida.

Héctor Maier Schwerdt
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