Municipalidad de Coronel Suarez

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martes, 5 de julio de 2011

Los cuentos de la abuela … Aquellos días de mi infancia… Epilogo



 
Durante el año comíamos a diario el eterno guiso, el aburrido puchero. ¡Ah, pero para las navidades...! El panadero regalaba el pan dulce a su clientela como obsequio de fin de año y un almanaque; el almacenero, la botella de sidra, turrón de almendras, garrapiñadas y otro almanaque; el carnicero, cordero o lechón y otro almanaque; el verdulero, frutas y, para no se menos, ¡el almanaque!

Y, en todas las casa la febril actividad de madres, abuelas y tías, con gran tintineo de ollas y sartenes. El olor que salía de las cocinas hacía que segregáramos ríos de saliva.
¡Las altísimas llamas de las fogatas del 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo! ¡Las procesiones de la Virgen de la parroquia en las que las chicas, con mantilla blanca y escapulario, cantábamos: “Venid y vamos todos, con flores a Maria...!”.

Vivíamos en una colonia alemana del Volga y ahora pienso que en un elegante residencial no lo hubiéramos pasado tan bien como en aquél, con sus calles de tierra y los puentecitos en las esquinas, para cruzar en las temporadas lluviosas.












Donde terminaba la edificación, el potrero que llegaba en su extensión hasta donde el cielo se juntaba con la tierra, donde nos parecía que se acababa el mundo. Después de un chaparrón podíamos admirar en toda su magnitud la sucesión de arco iris sin que ninguna casa nos los ocultaran. Los festejábamos batiendo palmas; era como si Dios, con una gruesa brocha y baldes de pintura de distintas tonalidades, los hubiera pintado exclusivamente para nosotros.


Teníamos a nuestra disposición higos, ciruelas, uvas, mandarinas de nuestros propios frutales y por qué no decirlo, también de la huerta ajena.

Una vez al año levantaban en el descampado un –ahora me doy cuenta- ruinoso circo, la lona con agujeros pero allí estaban los trapecistas, el hombre-bala, perritos actores, los dos payasos y alguna fiera que había perdido su fiereza y sólo aspiraba a que la dejaran tranquila; para el tachín, tachín, tres o cuatro músicos viejos que arrastraban los pies al caminar. Así lo describo a la distancia 
 pero entonces lo veía lleno de magia. No reparaba en los agujeros de la lona ni en los zurcidos en las mallas de los volatineros; en la edad que, seguramente, tenían las trapecistas y la amazona. A la hora en que iluminaban el interior del circo con antorchas, empezaba el hechizo. Cuando lo desmantelaban y se marchaban los carromatos nos quedaba una sensación de tristeza y soledad.

Un regalo aparte, el tibio regazo de las abuelas, siempre prontos a recibirnos, el cuento de hadas, los relatos de la niñez de ellas en algún lejano país, la canción de cuna al más chiquito...

Aquellos chicos fueron después obreros calificados, profesionales, maestros, comerciantes, actores, pintores, escritores, todas personas de bien.

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