Municipalidad de Coronel Suarez

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miércoles, 16 de febrero de 2011

Pertenecemos a una generación que supo de ciertos remedios drásticos...

Héctor, quisiera agregar algunas cositas sobre el interesante artículo que publicaste en el suplemento “Referente a los laxantes….”, que también ‘sufrimos’ en nuestra infancia


“De pequeño, muchas veces me aguanté un terrible dolor de anginas, antes que hacerlo público y caer en garras de la terapéutica familiar. Esta consistía, en el caso de la amigdalitis, en darle al paciente “toques” de tintura de yodo, que hacían ver las estrellas y toda la Vía Láctea en su magnífico esplendor; o bien de azul de metileno, una sustancia que ardía menos, pero que lo dejaba a uno escupiendo azul durante un mes…

Los dichos “toques” consistían en sujetar un trozo de algodón mediante una liga en el extremo de un lápiz o de un palito cualquiera, mojarlo en yodo o en azul de metileno y después paseárselo al doliente por toda la garganta, con repiqueteo de la campanilla y excursiones por la lengua y el paladar. Además del escozor, el método provocaba horribles náuseas. Y a veces complicaciones más graves, como las que me originaba a mí tragarme el algodón con todo y liga, a causa de mi pataleo y del consecuente redoblamiento de ímpetus por parte de la aplicante. Y digo “la”, porque ésta solía ser mi señora madre. O peor aún, mi señora abuela. Ambas damas frágiles, como todas las de su época, que se desmayaban a la vista de un ratón, pero que en esto de aplicar toques desplegaban insospechados bríos para llegar al fondo del asunto...







Los resfriados se combatían también con recursos heroicos. Uno de ellos consistía en darle un baño de pies al enfermo, con agua hirviendo y mostaza. El cuitado invariablemente lloraba. Si no por la trifulca, por efecto de los vapores de mostaza. Al dar de gritos, siempre se nos recordaba el sacrificio de los antiguos. “¿Acaso crees que estoy en un lecho de rosas?”, lloriqueaba mi abuela, que también se quemaba las manos y se asfixiaba con las emanaciones. Después venía el té de limón, hirviendo, con su chorrito de coñac y dos aspirinas. Este remedio era agradable en sí, pero después lo hacía sudar a uno como un condenado, máxime que se le arropaba con cuatro cobertores y el capote del abuelito. El buen señor, sin embargo, no pasaba frío al ser despojado de su prenda, ya que él se bebía el resto del coñac. Mi abuelo siempre estaba deseando que hubiera engripados en la familia”.
                                                                                                                             Alberto
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