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lunes, 20 de septiembre de 2010

Curiosa costumbre de tiempos pasados



Aunque a algunos les pueda parecer un post un tanto impetuoso, lo cierto es que la fotografía post mortem se generalizó en Europa y América durante el siglo XIX. La práctica de fotografiar a los familiares después de la muerte comenzó a extenderse a raíz de que en la década de 1860 el precio de las “instantáneas” bajó mucho, y por ende, estaba al alcance de la mayoría de personas de la sociedad de la época.

La realización de una fotografía de retrato era una ocasión memorable. Un retrato era una expresión de identidad y de valía individual. Se valoraba sobre todo en América, una nación en proceso de autodefinición, y en el que el individualismo era visto como un rasgo nacional. Una fotografía post mortem, que representaba la pérdida de una persona, tenía un valor más allá de un retrato normal.

Como es de suponer, la fotografía post mortem era más cara - a veces mucho más cara- que un retrato común. Y los fotógrafos, al igual que otros empresarios, cobraban un elevado precio por algo muy deseado por sus clientes. Así pues, las fotografías post mortem solían conllevar 
un gran sacrificio económico.

Esta práctica tenía ya sus antecedentes en la pintura, pues ya en el siglo XVI era algo común pintar al fallecido recientemente, por lo general un clérigo o una monja, ya fuese acostados o sentados.

Nos suele ocurrir que el recurso de la negación frente a la pérdida de un ser querido es al fin y al cabo una respuesta comprensible...

En la mayoría de los casos, el fotógrafo llegaba después de la preparación del cuerpo. En la primera mitad del siglo, esto habría sido hecho por la familia, especialmente en las zonas rurales. Los preparativos eran generalmente sencillos. A finales del siglo, esta labor ya sería asumida por las empresas de Pompas fúnebres: los preparativos, el ataúd, y la presentación del cuerpo se volvieron más elaborados y "profesionales"...

El alto número de fotografías de niños muertos era fiel reflejo de la tasa de mortalidad infantil que existió en todo ese siglo. Se convirtió en una ayuda emocional para los padres para hacer frente a la pérdida de un hijo. Unas letras sin firma, publicadas en el en 1880, podría describir una fotografía post mortem: "Mira a su cara bonita un solo momento, su vestido, sus zapatos delicados, su juguete favorito en  la mano..." Estas fotografías solían ser los únicos retratos de un niño. En los primeros años de la fotografía, lo mismo ocurría con las imágenes post mortem; para muchas de las personas mayores también era su primer y único retrato.

Habrá opiniones diversas sobre la conveniencia o el morbo de estas fotografías, pero cabe recordar que en la época  victoriana los usos y costumbres eran bien diferentes. Hay que quitarle esa aureola de dramatismo a la muerte que inunda el mundo occidental. En muchas culturas, era y es, un paso más en el trayecto vital de una persona, como les ocurría a los celtas; eran parte de la naturaleza y a la naturaleza volvían.









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