Municipalidad de Coronel Suarez

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Cooperativa Electrica

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viernes, 7 de agosto de 2009

Recuerdos




Las cosas que poblaron nuestra infancia o nuestra pubertad o nuestra adolescencia y porque no, en nuestra madurez, que están ahí en el fondo de la memoria, algunas veces bien al fondo y en ciertos casos reaparecen en nuestros sueños, se convierten en símbolos, de la debilidad, del éxito, del fracaso, de la belleza, de la cordura, de la locura; se arraiga en la memoria despojados de mundanidad, purificados, reducidos a esquemas, máscaras que, sin darnos cuenta y sin querer, nos sirven para ordenar la vida y descifrar el mundo.

De golpe en el espíritu, venido de quien sabe donde, el personaje de un cuento que nos contaron de niño, el tema de una lectura en los fascículos o de los libros, la urdidumbre de una vieja noticia, el aspecto más trivial del más trivial de los acontecimientos.

Era la nada de la nada. Era como los granos de arena cuya llanura infinita forma la reminiscencia que se guarda de una playa donde sólo se estuvo una vez. Era como los árboles que pasan por el camino del tren. Era como los millones de nubes que pasaron por el cielo, llenándonos del placer de sus colores o de la angustia de la tormenta que echaría a perder un paseo o una cita. Era como todo lo que se fue de la memoria en los millones de segundos que vivimos haciendo algo o no haciendo nada.

Entre lo que sé fue de la memoria está casi la vida entera: las sensaciones, las impresiones, los sufrimientos, las alegrías, lo que deseamos, lo que temimos, lo que soñamos, lo que imaginamos, lo que nos enseñaron, lo que aprendimos, las palabras que nos dijeron, las palabras que dijimos, lo que observamos, lo que intuimos, lo que pasó, como los millones de nubes, árboles y granos de arena en los segundos, las horas, los días, los meses y los años. Es la riqueza, pobre o suntuosa, de cada vida de hombre vivida en grandeza o en mezquindad.

Esa vida rica, cambiante, alborotada, adivinatoria de la infancia, la pubertad y la adolescencia en flor, nos atiborra el alma de experiencias vividas o presentidas, que incesantemente nacen, se transforman, se confunden, se aplacan, mueren o renacen en los fragmentos del tiempo que la variedad de las horas da a nuestra presencia en el mundo.

Héctor Maier Schwerdt

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