Municipalidad de Coronel Suarez

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lunes, 9 de septiembre de 2013

Un testimonio que habla por sí solo…



La desgracia había llovido sobre esta parte del Volga durante el periodo soviético. Fue disputada duramente durante la Guerra Civil, ya que era una tierra productora de grano muy fértil. Cuando los bolcheviques la tomaron, la reputación de buenos granjeros de los alemanes del Volga fue su perdición. Aunque muchos no eran más que campesinos a los que les iba bien, para los bolcheviques eran “kulaks”, enemigos de clase. Las cuotas de grano que les impusieron fueron tres veces mayores que en otras zonas. A veces eran más altas que las propias cosechas. En 1920 las requisas se habían llevado los últimos restos de comida de la gente y el maíz para la siembra del año siguiente. Los pobres campesinos sacrificaron a los animales y comieron hierba y la paja de los tejados.

A medida que la hambruna arreciaba, la ira de los campesinos se desbordó. Enterraron el grano y organizaron revueltas armadas. No estaban solos: gran parte del campo ruso estaba en armas, pero en el Volga fue mucho peor. Muy valiente tenía que ser el bochevique que se aventurara a cruzar desarmado los campos de Marxstadt (como Marx era entonces conocido). Se exponía a ser descuartizado. En la plaza del mercado, los campesinos vendían cosechadoras mecánicas a cambio de una hogaza de pan.
Para 1921, el 96,9 de la población padecía la hambruna. El hambre quebró la rebelión de los campesinos. A principios de los años ’20, cuando otras provincias ya podían respirar, aquí, en el Volga Medio, un cuarto de la población murió de hambre. El canibalismo se convirtió en algo corriente.
Hasta el glasnost, estaba penado hablar siquiera de estos hechos, y la gente todavía tenía miedo de hacerlo. Me convertí en una experta en silencios. El miedo se había convertido en un hábito, unido a la esperanza de que si se mantenían en silencio, el horror moriría con ellos. Pero el pasado tóxico encontraba la forma de filtrarse lentamente y cargaba sobre los niños una ansiedad que, ignorantes de su pasado, no podían combatir
¿Acaso no sentimos la misma ansiedad en los silencios de nuestros abuelos y padres o también en los nuestros? ¿Por qué no podemos hablar de nuestra historia más reciente sin sentir un miedo difuso que nos alerta de que no debemos o que es mejor no hablar del pasado?
¿Por qué somos incapaces de llegar a ninguna conclusión sobre hechos que todavía hoy marcan la calidad democrática de nuestra sociedad, que pesan sobre nuestra impotencia cívica y vital? ¿Quiénes somos?
 Vladimir Zehner 
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