Municipalidad de Coronel Suarez

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lunes, 8 de julio de 2013

Carta a mi Aldea San Antonio por Huilén Rivarola


Miro atrás y recuerdo casi claramente el día que te vi a los ojos por primera vez. Fue el mismo que me adoptaste como una más de tus hijas. Más tarde pude comprender que esto solías hacerlo con aquellos que con confianza, se sentaban en tu regazo cuando no tenían a dónde ir. 

Eso se me sucedió a mí. Afortunadamente, caí en tus brazos y ellos me recibieron con alegría. Con humildad y sencillez me acobijaste con tu calor y me alimentaste con el fruto de tus verdes campos. Así lo hiciste, incluso aquel día que al igual que una alegre maestra me enseñaste cuáles eran tus raíces, y por supuesto, las mías y las de mis hermanos, tus hijos.

Me contaste que nuestras costumbres tuvieron sus bases en una época muy lejana, en una historia añeja. Que todo empezó en un lugar llamado Rusia y que después una tal Alemania pasó a ser la protagonista. Que de allí surgieron héroes, que trasponiendo mares decidieron alcanzar nuevas tierras de libertad. Que a esos navegantes se los llamó Alemanes del Volga. 

¡Qué maravillosa historia! Y todo gracias a tus enseñanzas que marcaron mi infancia y mi juventud, las mismas que me sirvieron como matriz para fecundar mis ideologías y pensamientos.

Pero llegó el día de mi partida. Me fui como lo hacen muchos, a la espera de hallar un sitio en el cual descubrir un mejor futuro. En esa despedida, no comprendía que dejaba atrás tantas cosas en las que había ahondado el corazón. Mi niñez, mis alegrías, la rebeldía y los sueños de mi adolescencia. Ahora lo entiendo, Madre. Sé que te dolió haberme visto partir porque ya era yo una más de tus hijos.

Me han contado quienes pueden entrar en lo más profundo de tu alma que te han visto llorar en los días grises. Que miras el horizonte e imaginas que tus hijos que se han ido, regresan corriendo a tu encuentro. Pero Madre, no temas, no te he olvidado. Esos años lejos de tus caricias me enseñaron a valorarte y a anhelar tu amor.

Ahora solo deseo volver a verte, volver a abrazarte, y cuando lo haga, entonces me quedaré a tu lado a pasar los últimos días de mi vida, acobijada en tu tranquilidad y segura por saber que continúas cuidando de mí.

Madre, centenaria mía, madre de mi creencia, solo queda regalarte estas líneas que el viento no puede llevarse. Será que no puede llevarlas por el peso de mis palabras cargadas de amor y de nostalgia. O más aún, porque están compuestas por una fuerza superior que también es parte de mi consistencia, es la herencia que me dejaste, es el principio de toda existencia, es nada menos que mi propia Identidad.



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