Municipalidad de Coronel Suarez

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Cooperativa Electrica

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jueves, 7 de febrero de 2013

Me caigo y me levanto...



La resiliencia es la capacidad para sobreponerse a un dolor profundo, un trauma, una enfermedad o una pérdida irreparable. Ahora, ¿todos podemos resurgir de entre las cenizas? Consejos y casos para inspirarse, mantenerse en pie… y salir adelante.


Isabel Yaconis. 60 años. Madre de Lucila, una quinceañera que fue asesinada el 21 de abril de 2003 en un intento de violación, en un paso a nivel del barrio porteño de Núñez, a metros de su casa. El crimen sigue impune. Pero ella se sostiene en una frase: “Si querés que a tu hijo se lo recuerde, la única forma de honrar la memoria es con la acción”. Y vaya si se arremangó y puso manos a la obra: en el último tiempo, pasó la mayor parte de sus horas en fiscalías, comisarías y medios de comunicación. Y, junto a Juan Carr, formó “Madres del Dolor”, una ONG que asiste y contiene a víctimas y familiares de hechos de violencia. “Le agradezco a Dios haberme brindado el razonamiento. La mejor forma de cuidar a mi marido y a mi hija Analía es estando yo de pie”, confesó en Resiliencia: vidas que enseñan, el libro de Alejandro Gorenstein. 

Vaya si Isabel es un claro ejemplo de esa capacidad del ser humano para afrontar los obstáculos de la vida, sobreponerse a ellos… y salir reanimado. “Todas nuestras fortalezas son el fruto de la superación de nuestras vulnerabilidades internas. Las diversas pruebas que se presentan nos dejan legados traducidos en nuevos aprendizajes”, opina la licenciada María Silvina Fernández Toribio, psicóloga del Servicio Penitenciario de Río Negro y del Centro Terapéutico Roca (en la misma provincia). 

Y añade: “La resiliencia confronta y trasciende momentos de gran tensión, interviniendo ante la movilización emocional que provoca una ‘tormenta’ y conduciéndonos a desarmar los ‘nudos’ que se gestan en diferentes trayectos de nuestra existencia, para construir luego sobre ellos. Aquellos que desarrollan resiliencia dejan a un costado las interpretaciones negativas o traumáticas sobre la fatalidad, por una visión positiva y creativa”. Gorenstein, quien investigó sobre el tema y recopiló alrededor de treinta casos que llevaron la teoría a la práctica, comenta que el término proviene del latín resilio, que tiene como significado “rebotar, volver atrás”. 

“En física, es la capacidad de ciertos materiales para recobrar su estado original después de soportar la presión que los deformó. Si lo extrapolamos a la salud mental, esa presión puede darse ante la muerte de seres queridos, por haberse topado con una dura enfermedad, por haber estado privado de su libertad, o por haber sido sometido a agresiones físicas y sexuales, entre otros traumas”, acota Gorenstein.

“A veces, necesitamos de experiencias  muy dolorosas para conocernos mejor. Hay que encariñarse con el concepto de que los cambios y el dolor son aspectos inherentes a la vida, para así tomar las crisis como algo natural y superable. Eso proveerá resiliencia”. Vanessa Narváez Peralta.


Todos somos potencialmente resilientes. No es una condición innata, sino que es un estilo de reflexionar y proceder que debe moldearse día a día, desde edades muy tempranas si es posible. “No se nace con estrella o estrellado. No se nace con o sin resiliencia, ya que esto no tiene que ver con el ‘ser’, sino con el ‘hacer’ que genera el ‘ser’. Eric Berne, médico psiquiatra de la década del cuarenta, creador del análisis transaccional integrado, decía que el 80% de las personas tienen el poder para ser feliz. Por eso, debemos buscar las fuerzas para resurgir cada vez que la situación lo requiera. Ahora bien, la mayoría de nosotros podemos ser resilientes, pero la cuestión es para qué serlo”, dice Fernández Toribio y prosigue: “Hay quienes prefieren quedarse estancados, porque su goce radica en el falso rol de la victimización, que consiste en alimentar los miedos, las tristezas y el resentimiento que producen la insatisfacción y los abandonos. En más de una ocasión pregunté a este tipo de personas si aspiran a mejorar, pero, pese a contestar afirmativamente, su accionar ronda en la mediocridad de azuzar la queja, en proyectar culpas a terceros y en la esclavitud de continuar dependiendo de los juicios ajenos. Hay que trabajar para alcanzar la felicidad. Cada uno es dueño de su destino y, como tal, debe comprometerse y responsabilizarse en función de lo que tiene o no que hacer. Hay que escapar de la argumentación innecesaria que mantiene los hábitos disfuncionales y motivarse para concretar metas”.

(Continuará)
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