Municipalidad de Coronel Suarez

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Cooperativa Electrica

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sábado, 25 de mayo de 2013

La silla vacía...




Hace más de cuarenta años crucé la frontera de mi  colonia. Hace más de cuarenta años que dejé atrás mi gente y mi casa. Me bajé del tren con una maleta que tenía más agujeros que tela, en ella traía todo lo que alguien como yo podía necesitar, y que coincidía con todo lo que alguien como yo podía permitirse: una biblia, una foto de mi familia, una libreta para escribir cartas y un traje para los domingos. La biblia y la libreta quedaron inservibles por la humedad durante el viaje, el traje de los domingos quedó degradado a la categoría de traje de diario y la foto de la familia, aunque un poco dañada, fue la que mejor parada salió, todos seguían ahí, una mamá, un papá, una hermanita, dos hermanitos y una silla.
En mi colonia me habían hablado de una organización que se dedicaba a ayudar a los que recién llegaban, que se dedicaba a aliviarles la carga de los primeros días, pero no tardé en descubrir que lo único que aliviaba era su bolsillo. Así que allí me encontraba yo, pasando mi primera noche en la capital, al resguardo de un portal desguarnecido, al abrigo de una ciudad desabrigada y fría.
Pronto pude colocarme en una habitación comunal, compartida a cama caliente, con otros compañeros de soledad, extrañezas y añoranzas. Aquello ya abrigaba más, aunque resultaba un poco sucio e insano. El poco dinero que había conseguido reunir para mi gran aventura se agotaba rápidamente, pero antes de pasar a mayores, tuve la suerte de encontrar un empleo. Como el de cualquier otro hermano estaba tan mal pagado y era tan indecente e ilegal como parecía desde fuera, pero era al mismo tiempo el único sustento posible, por lo que era el mejor empleo que tenía. Si el paraíso al que nos dirigíamos nos conducía por aquel camino de calamidades y penurias, es porque podíamos soportarlo, al menos eso hubiera dicho mi mamá. Ella siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a pruebas que no seamos capaces de superar.
Tras algunos meses superé por fin aquella prueba y pude pasar a la siguiente fase. Simultáneamente al que ya tenía, encontré otro empleo que llenó mis noches de sudor y café aguado. El descanso pasó a ser, simplemente, un lujo que sólo me podía permitir en la parada del autobús. Pero aquel sacrificio me hizo capaz de reunir un poco de plata que enviar cada tanto a mi familia, allá en mi colonia. Realmente me encontraba en el buen camino. Mi familia, a cambio, me enviaba, como una especie de prueba de vida que la pobreza secuestradora les permitiera, la fotografía acostumbrada: la mamá, el papá, la hermanita, los hermanitos y la silla. Todos menos la silla, un poco más viejitos a cada estampa.
El tiempo pasaba y aquello que parecía una situación temporal, se iba convirtiendo en una situación indefinida, de la que ninguno podíamos conocer su final. Inmerso como estaba en conseguir plata con la que mi familia pudiera sacarse de encima aquella pobreza pegajosa e interminable, apenas si dediqué tiempo a establecer contacto con otros compatriotas. Cuando lo hice, todo ocurrió de sopetón. Recuerdo muy bien cuando acudí a la primera reunión. Uno de los del cuarto donde me alojaba pero adonde no iba a comer ni tan siquiera a dormir, me invitó. Acompáñenos, compadre, lo pasará usted en grande —me dijo; y así lo hice, le acompañé hasta el puerto. Los que allí trabajaban se las habían arreglado para que su patrón les permitiera utilizar una pequeña nave donde guardaban herramientas. Allí, otro del grupo, carpintero de profesión, había dispuesto una enorme tabla de madera en una de las paredes. En ella había pegadas colecciones completas de fotografías de familiares, cartas recibidas, declaraciones de amor, recuerdos, nostalgias y promesas anotadas en servilletas de bar, fechas lejanas de momentos ajenos… Me produjo tal fascinación que pasé horas mirando aquella tabla, repasé todo aquel material de arriba abajo. Toda aquella carga de nostalgia y de añoranza lejos de causarme un efecto corrosivo, me causó un efecto balsámico inmediato.
Pedí permiso y enseguida quedaron expuestas las fotos que mi familia me había ido enviando y que hasta ese momento siempre me habían acompañado allí donde fuera. Compartir con otras personas mis penas, mis alegrías y mis recuerdos, me liberaba en cierto modo del peso que suponían. Las penas ajenas, por ajenas no dolían, y las propias, una vez narradas a quien quisiera escuchar, siempre resultaban más livianas y llevaderas. Por lo que respecta a las alegrías…, las alegrías siempre alegraban, fueran de quien fueran y vinieran de donde vinieran. Las alegrías no tenían dueño ni origen, sólo destino, y su destino éramos nosotros. Aquel era un buen trato para quienes habían dejado parte de su corazón a cientos de kilómetros de distancia.
(continuará)
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