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jueves, 9 de agosto de 2012

Un poema que vale un imperio...


Leído sin contexto, para algunos el texto que sigue no tendrá valor. Pero si conociera a su autor, ya lo creo que lo tendría. Veintitantos años en una silla de ruedas, moviéndose con derroche de dinamismo incontrolable para él. Javier es un muchacho rubio, de una simpatía arrolladora. Sencillo, bromista (sus palabras favoritas son “caradura”, tú llevando una vidorria y  yo aquí, Llévame al baile”, en una lengua de trapo, que el trata de aclarar con tanto esfuerzo y tanto nerviosismo infatigable) Javier escribe a medio mundo con manos ajenas... 


Detrás de su silla lleva una cartera escolar donde guarda cartas, poesías, tarjetas, fotos. Si la abres, te sientas a su lado y  comienza su laborioso dictado...

Así nació materialmente este poema. Pero Javier lo gestó, como dice en él, en la cama y en tantas horas de silla, cuando suelen pasar tantos días, sin ver a aquellos con quien se relaciona como amigo. Sus poesías me parecen siempre un milagro: el milagro de un muchacho en desgracia física y en estado de gracia espiritual, el milagro ejemplar de estar alegre, de mantenerse en la Esperanza, cuando todos los supuestos para él habrían de inclinarse por el lado contrario... 

Este poema vale un imperio, porque al lector atento le puede decir lo que a mí me está diciendo: que ya está bien de la crisis, de quejas, de desánimos; que el mundo está mal, pero porque nosotros lo estamos dejando mal con nuestra alegría a medias, nuestras interminables palabrerías, nuestra prisa y nuestro espíritu de avestruz... 

Si tuviera dinero publicaría en un librito los poemas del magisválido y se lo regalaría a medio mundo, empezando a los que gobiernan y siguiendo con los demás que tienen poder de decisión, a mis amigos, a mis nietos, a mis parientes, y a este que escribe...

           AMO

    Amo a mi Creador
que me ha dado el ser.
    Amo a mis padres
que me han dado la vida.
Amo a mi familia y a mi hermano
que lleva mi misma sangre.
Amo esa comida que me alimenta
y el agua que me calma la sed.
Amo esta vida que me ha tocado vivir.
Amo mis días, con sus tristezas y alegrías.
Amo esa ciudad que me vio nacer.
Amo esas calles que nunca pisaré.
Amo a todos los seres humanos
que son mis hermanos.
Te amo a ti, compañero y amigo,
que llevas mi mismo destino.
Amo el momento que te conocí.
y a la sincera amistad que me brindas.
Amo los pequeños detalles que tiene esta vida,
como son una palmada en el hombro,
una sonrisa,
una mirada dulce y tierna,
un vaso de agua dado con esmero.
Todos estos detalles, si bien son pequeños,
también son maravillosos.
Amo esa naturaleza, el aire, el viento,
las sierras, el arroyo, esa flor que me recrea la vista.
Amo al sol que calienta en la fría mañana de invierno.
Amo esas hojas muertas que caen de los árboles
en otoño, porque ya cumplieron su destino,
dando sombra en el ardiente verano.
Amo el firmamento con sus estrellas, y la luna
que me alumbra las claras noches de primavera.
Amo esa chiquilla porque es hermosa.
Te a ti mujer, por sencilla y cariñosa.
Amo esa boca que me da aliento.
Amo a esa gente que me cuida y me ayuda a vivir.
Que hacen cosas que no puedo hacer.
Amo la mirada limpia de un niño.
Amo a los animales que forman parte de mi vida.
Amo esa cama que me descansa el cuerpo
y me hace soñar cosas hermosas.
Amo a mi silla de ruedas que forman parte
de mi existencia, porque ella me ayuda a valerme
y sabe de mis tristezas, y mis ánimos.
Amo tantas cosas, tantas...
que yo seguiré amando.

 Javier Francisco Villagra


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