Municipalidad de Coronel Suarez

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domingo, 12 de diciembre de 2010

Ganando Tiempo… Aldea... por Ali Burafi (Seudónimo)


Ganando Tiempo… No todo el tiempo se pierde. Hay un tiempo que se gana… por lo menos en el vivir… y eso me pasó el otro día cuando una persona se allegó a mi casa, para averiguar un poco sobre esas raras colonias alemanas, asentadas en medio de la pampa argentina;… Cuando alguien entra a mi ‘bunker’, lo primero que hago es mirarles a los ojos, así tengo un ligero panorama de la persona en cuestión, percibo su sinceridad y honradez;… De esa primera impresión, lo hago pasar y después lo ausculto entre charlas que van y vienen… En este caso, discerní unos ojos honestos y lo que más me llamó la atención es la curiosidad que emanaban, algo fuera de lo común, ávidos de saber el otro lado de la cosas, de saber historias, que muy pocos avizoran. Bueno de lo que salió de esa ‘ganada de tiempo’, lo escribe en su propia página web (esto lo descubrí un tiempo después, al sustentar su blog bajo un seudónimo) que le transcribo textualmente…  

Aldea                               por Ali Burafi  (Seudónimo)  

Luego de dos días de intensas lluvias como bendiciones, el sol arañó las nubes y me mostró el camino de las colonias alemanas.

Prolijamente alineadas sobre la ruta provincial 85 saliendo de Coronel Suárez hacia Cnel. Pringles se encontraban las aldeas alemanas. La primera en cruzarme fue Santa Trinidad, luego San José, y finalmente llegué a Santa María.

Tres kilómetros me separaban de la ruta hasta la aldea, ingresé por un hermoso arco forjado en trabajoso hierro el cual delataba el delicado trabajo del hombre, justo en el medio un nido de pájaros daban la bienvenida a Santa María.

Ingresé por un acceso rodeado en ambos lados por firmes álamos, como verdes centinelas custodiando celosos los sembrados para finalmente ingresar a la parte urbana, cuyas generosas calles llamaron mi atención por lo prolijamente cuidadas, banderas argentinas y alemanas flameaban en lo alto de las farolas.

Como suele ocurrir, los mejores encuentros son los casuales, y precisamente por casualidad, cuando preguntaba la ubicación de la iglesia, un peatón me sugirió que siga derecho por donde iba y al final del camino preguntara en la última casa, allí  me contarían la historia de las tres aldeas.

Héctor Maier un hombre de espigada figura y  sonrisa en su mirada me invitó a su casa.

Rodeado de libros y suplementos que escribe de las tres aldeas comenzó describiéndome su colonia con la simpleza de aquellos cuya oratoria son guiadas por los latentes parches que marca el corazón.  Con sentimiento de alegría me cuenta como encuentran esa tierra hecha a imagen y semejanza de otra tierra la de sus orígenes alemanes que les permitirían trabajar el campo, algo que conocían a la perfección.

Héctor, se disculpa por su forma de hablar despacio, con vos apagada debido a una enfermedad que lo acompaña hace unos años y que decidió instalarse en las cuerdas vocales, los médicos le pronosticaron que perdería la voz, pero su enorme fé, lo lleva a robarle sonidos con forma de palabras a esa delicada situación.

Con la dignidad de hombres de profunda fé, Héctor comienza su relato contándome que la primera emigración de estos alemanes  fueron porque Europa promediando la mitad del siglo XVIII estaba marcada por conflictos bélicos, persecuciones religiosas y economías paupérrimas siendo las más afectadas las poblaciones campesinas. En gran cantidad estos hombres con sus familias aceptaron una propuesta de Catalina II para instalarse sobre las márgenes del río Volga en Rusia, recientemente conquistada,  allí tendrían viviendas y podrían desarrollan su tareas de agricultura.

Durante el año 1764 se fundaron las primeras colonias, si bien era cierto que las viviendas eran precarias en convenio ofreciéndoles practicar libremente su religión,  abstenerse de pagar impuestos y de no hacer su servicio militar…, el libre ejercicio y uso de su idioma natal, una organización escolar propia, la organización administrativa y judicial de sus coloniales y aldeas por Estatutos propios, pero también me comenta Héctor que esa generosidad por parte de Catalina “la Grande” ocultaba el deseo de que esas colonias sirvieran de contención por una posible invasión de ataques de nómadas además de modernizar el sector agropecuario del Imperio Ruso según el modelo de Europa Occidental.

En el año 1874 el Zar Alejandro II dictaminó que a partir de su gobierno, los campesinos alemanes perderían sus privilegios y para permanecer en esa zona debían  regirse por las leyes Rusas, hablar su idioma, y dejar su autonomía y costumbre para pertenecer al Imperio.

Según continúa Héctor su relato, estos fueron los motivos fundamentales que dieron origen a la segunda migración de los colonos alemanes, pero esta vez eligieron América.
En el año 1886, un 24 de diciembre ocho familias alemanas que vinieron del Volga, desembarcaron en Buenos Aires de allí viajaron en tren hasta Azul y de allí en carreta hasta Olavarría y en las cercanías del arroyo Hinojo se instalaron.  

Luego de unos años consiguieron un convenio con la ciudad de Coronel Suárez, donde les otorgaban más tierras para trabajarlas. De esta manera se formaron estas tres colonias alemanas.
Las aldeas se iban alejando de la ciudad no solo por la necesidad de tierra para cultivarlas sino también, según le contaba su abuelo, era porque el “ferrocarril” se llevaba a sus hijos a ciudades más modernas.

Este hombre no solo es un historiador, sino un hombre comprometido con las familias, su lengua y sus costumbres, él como el resto de los alemanes del Volga son poseedores de una importante historia, rica en tradiciones mantenidas a través de los años desarrollando una estructura familiar patriarcal o como ellos la llaman “stammvater”


Poseen una profunda fé religiosa, expresión de ello son las imponentes iglesias que construyen en cada aldea para darse cita y volcarse a la oración. Finalmente Héctor me habla de su lucha diaria contra su enfermedad con un optimismo que contagia.
  
Al irme de la Aldea comprobé que se puede vivir de otra manera, mas organizada, en comunidad, fortaleciendo cimientos culturales fundados sobre bases de trabajo genuino con dignidad y grandeza de espíritu.

Tomé de regreso esos 3 km. Que me llevaban hasta la ruta 85, a mi izquierda se recortaba imponente la Sierra de la ventana, confundida sus cumbres entre nubes grises entretejidas sobre un telar de celeste cielo, de allí bajada una suave brisa que mecía el sembrado como si la naturaleza misma me despidiera.

Entre tanto derroche de hermosura sonaba en mis oídos las palabras con la que Héctor me hablaba de los primeros momentos de su enfermedad cuando decía: Dios tengo un problema, Dios tengo un problema, para luego cambiarlo Es mejor que mi Problema sepa que tengo un Dios.(Yo no le digo a Dios que tengo un gran problema, sino que le digo al problema que tengo un gran Dios)

La historia de un pueblo, no se edifica sobre inigualables hazañas, sino con la vida sencilla de cada uno de su gente.

De nuevo estaba sobre la Ruta, me vieja amiga, pero esta vez no me sentí solo, el abrigo afectivo de Héctor hizo más corto mi camino a Carhué.-
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